Programas: El desafío de apoyar a la microempresa

Octava columna de la sección General Management, escrita por el profesor José Tessada y publicada el sábado 10 de octubre en El Mercurio. La mayoría de los microempresarios más vulnerables que participan en programas de entrenamiento son mujeres; tienen como promedio 45 años; el 75% al menos posee educación media, y el 30%, formación técnica o universitaria. Las empresas de menor tamaño son un tópico recurrente en la discusión de políticas públicas y un foco de atención en temas de innovación y emprendimiento. Sin embargo, dentro de esta categoría tenemos una gran diversidad de firmas, desde empresas innovadoras y con alto potencial de crecimiento, hasta micro, pequeñas y medianas empresas en una trayectoria más estable. Dentro de estas últimas tenemos las microempresas creadas y manejadas por pequeños emprendedores que buscan mejorar sus perspectivas laborales y de ingresos, que han surgido usualmente en situaciones laborales adversas, y que abarcan amplios sectores económicos. ¿Quiénes son estos microempresarios? ¿Cómo manejan sus firmas? Aun más importante, ¿qué podemos hacer para ayudarlos? Estas preguntas son centrales para entender el potencial de estas empresas, particularmente cuando muchos de ellos enfrentan desafíos y restricciones importantes, no solo para crecer, sino que para su desenvolvimiento diario. Un buen diagnóstico de las restricciones y desafíos de la microempresa redundaría en un mejor trabajo de apoyo hacia ellas, mejores políticas públicas, y también en el desarrollo de mejores oportunidades de negocio entre las empresas pequeñas y las de mayor tamaño. Al mismo tiempo, podríamos potenciar los programas de capacitación y entrenamiento, que son uno de los métodos más tradicionales de ayuda a estos microempresarios, y que se enfocan en entregar conocimientos de administración de negocios complementados con algún tipo de apoyo en recursos o en asesoría para mejorar el manejo de la empresa. En trabajo conjunto con la Fundación Simón de Cirene y sus programas de capacitación a microempresarios, junto a los académicos Jeanne Lafortune y Julio Riutort hemos estudiado cómo funcionan las empresas y empresarios que corresponden a este segmento. Observamos que entre los microempresarios que quieren y pueden participar en programas de capacitación no todo es como pensamos o creemos a priori,  y también hemos podido confirmar que hay muchas áreas donde mejorar. Sobre la base de la información obtenida al inicio de los programas de entrenamiento, observamos que una gran mayoría de los microempresarios que buscan y pueden participar en estos programas son mujeres, que su edad promedio es 45 años; que más del 75% tienen al menos educación media, e incluso casi el 30% tiene educación técnica o universitaria, y buena parte de ellos está en el 20% más pobre de la población. Respecto a su negocio, muchos de ellos le dedican menos que el equivalente a jornada completa, y que pese a comprender varios conceptos, tienen un bajo uso de técnicas o prácticas de negocio básicas de márketing, administración e información contable (por ejemplo, reportan usar menos de la mitad de una serie de prácticas básicas de manejo contable y de cálculo de flujos). También observamos que más de la mitad no ha formalizado sus actividades. Sin embargo, y aunque igual proporción tiene cuentas bancarias y el 40% ha obtenido algún crédito, el  85% declara haber financiado su negocio con ahorros propios o con préstamos de familiares. En resumen, las restricciones no son unidimensionales: hay de tiempo, conocimientos y financiamiento, pero también de habilidad o motivación para aplicar conocimientos.

Más y más conocimientos

¿Qué nos indica esta descripción? Cualquier plan de acción debe apuntar a mejorar acceso al sistema financiero, aumentar la capacidad y las prácticas de gestión, y apoyar la implementación y uso de estas nuevas capacidades. Pero también debemos avanzar en dos aspectos. Primero, la entrega de conocimientos debe apuntar no solo a sostener los negocios en el tiempo, sino también a una selección adecuada de negocios efectivamente viables y rentables. Segundo, reconocer que el microempresario es probablemente un ejemplo empresarial del maestro chasquilla, es decir, “debe hacerlo todo”, por lo cual es importante acompañar y motivar el proceso de adquisición y aplicación de los nuevos conocimientos. Un microempresario usualmente enfrenta presiones de inmediatez y emergencias que llevan a postergar cambios importantes pero menos urgentes. También enfrenta decisiones complejas, muchas veces con herramientas analíticas poco adecuadas o recién adquiridas, lo que puede llevar a malas decisiones o sencillamente a postergar el momento de planificar. De hecho, en esta investigación utilizamos técnicas de evaluación experimental aleatoria y probamos dos mecanismos para abordar este segundo aspecto:

  1. Se entregó un sistema de asistencia técnica, donde monitores de la fundación a cargo del programa, ayudaban individualmente a los microempresarios en la aplicación de las materias a su negocio, y
  2. Se invitó a un ex alumno exitoso del programa a presentar y motivar a los nuevos alumnos en el desafío de ser microempresario.

Los resultados sugieren que elementos de ayuda y motivación como los descritos pueden jugar un rol importante en aumentar la capacidad de generación de ingresos de microempresarios en este nivel, potenciando el efecto de la enseñanza de administración y finanzas. Como puede inferirse, las microempresas de este segmento plantean una serie de retos. El operar en una escala pequeña, sumado a los desafíos administrativos y de financiamiento conllevan a que su desempeño pueda ser altamente volátil y muy sensible a variaciones en las condiciones de ventas y costos. Así, es probable que muchos puedan enfrentar restricciones de caja, que puedan fallar en la determinación de precios y que sufran interrupciones o fluctuaciones de gran magnitud en los suministros o demandas.

Más confianza y cercanía

Sin embargo, estos microempresarios también tienen una serie de ventajas en otras dimensiones. Muchas veces operan en mercados más reducidos o entre clientes para los cuales la confianza y cercanía es una variable importante al momento de decidir sus compras y gastos. Del mismo modo, esto hace que puedan responder de manera más directa al comportamiento de consumidores con los cuales se relacionan. Por ello, estas empresas pueden ser un vehículo importante para acceder a una mayor diversidad de productos, a fuentes de abastecimiento local, y a mercados y consumidores que tradicionalmente no pueden ser alcanzados a través mecanismos de distribución tradicional.

Promover buenas prácticas de negocios

¿Qué tipo de acciones pueden entonces facilitar la relación con empresarios en este mercado? Nuestros resultados sugieren que se debe optar por programas de apoyo y motivación que conlleven la implementación de mejores prácticas de negocio. Mecanismos simples como programas de incentivos financieros o de garantías de contratos a aquellos microempresarios que obtengan mejoras en la operación de las empresas o que participen en programas de transferencia de conocimiento y/o tecnología, pueden dar el impulso necesario para la mejora en la administración de estas empresas. Además, la posibilidad de acceder a negocios con clientes de mayor tamaño puede dar los incentivos para la formalización de microempresas. Si esto se suma a políticas de negocio que ayuden a aliviar la presión financiera, podemos pensar que los beneficios pueden ser compartidos entre ambas partes, e incluso podrían contribuir a mejorar la calidad del empleo de los trabajadores de estas microempresas.

La mayoría está en la base de la pirámide

Según cálculos del BID, el segmento con ingresos entre 4 y 10 dólares al día en Chile representa un total 7,2 millones de personas. El segmento de microempresarios del que hablamos en el artículo principal, y gran parte de los clientes que ellos atienden, forman parte de la base de la pirámide. Este grupo de la población corresponde, de acuerdo con una definición entregada por el Banco Interamericano del Desarrollo (BID)1 a los hogares con menos de 10 dólares de ingreso per cápita al día, medidos a paridad de poder de compra (PPP). Según cálculos del BID, el segmento con ingresos entre 4 y 10 dólares al día en Chile representa un total 7,2 millones de personas y cuyo mercado creció en 19% entre 2000 y 2010. El crecimiento y evolución de este grupo tiene una relación muy cercana al crecimiento total de la economía, lo que explica en parte su evolución en la década anterior. Además, los hogares de la base de la  pirámide muchas veces son abastecidos por pequeños negocios manejados por empresarios que pertenecen al mismo segmento. (1) Azevedo, V., A. Baigún, C. Bouillón, D. Duke, y M. L. Gallardo, “A Rising US$750 Billion Market: Unlocking Opportunities at the Base of the Pyramid in Latin America and the Caribbean,” BID 2015. Octava columna de la sección General Management, escrita por el profesor José Tessada y publicada el sábado 10 de octubre en El Mercurio.